Una tarde de otoño

otoñoComo cada tarde aquel hombre menudo, de hombros estrechos y cabeza exageradamente pequeña; se calzaba lentamente los mocasines negros — los de arreglar—, la americana pasada de moda aunque impoluta, el sombrero disimulando la calvicie, el paraguas —los días de invierno—por si lloviera y si no, hacía las veces de bastón, que a su edad ya no sobraban las ayudas.

A las seis en punto bajaba a pie los tres pisos que le separaban de la calle, un buen ejercicio, se decía orgulloso. Se paraba en el portal, como si no supiera hacia dónde ir. Miraba a la derecha, luego a la izquierda, para finalmente, como siempre, enfilar sus pasos al frente. Se adentraba en los barrios tristes y envejecidos de lo que fue una ciudad esplendorosa demasiados años atrás. Caminaba con la cabeza alta, intentando esconder la ansiedad que le producía el encuentro inminente con sus nuevas presas. Dejaba que la última luz del día se desvaneciera y entonces, cuando las bombillas de esas casas tristes se iban encendiendo, el hombre menudo asomaba su nariz grande y afilada a través de los cristales, reconfortado al ver a sus víctimas, ajenas al espionaje, más miserables que él. Gentes hastiadas de la vida, de la semipobreza en la que estaban sumidos, gentes cansadas de la rutina aplastante que los asfixiaba.

Salones con sofás raidos, cortinas descoloridas, bodegones en la pared que habían sobrevivido amargamente al siglo pasado. Ellos, con la barriga demasiado grande, acumulando latas de cerveza de veintitantos céntimos frente al televisor, viendo el noticiero para sentirse todavía más desgraciados, o quizá menos, quién sabe. Ellas frente a los fogones de las cocinas con baldosas floreadas y grasientas, preparando una cena que no deseaban comer. El calendario en la pared, atascado en el mes de enero, indicando que el tiempo había dejado de importar. Ruidos de cañerías. Griterío de niños todavía inmunes a su destino.

Aquella tarde de octubre, tras la ventana encubierta por unas cortinas blancas de lino se dibujaba la silueta de una joven bailando con la libertad de saber que nadie te ve. Bailaba casi desnuda, moviendo la cabeza y agitando la melena, contorneando las caderas, con los brazos abiertos giraba sobre sí misma, con la libertad de saber que nadie te ve.

— ¡Qué lástima no escuchar la música que hace que se mueva así! — Susurró el corazón del hombrecillo —

Se enamoró. No de ella, si no de la otra, de la de antes, de la de siempre.  Se quedó pasmado mirando a la joven bailarina que imaginaba hermosa, y en ese instante se sintió más miserable que nunca. Olvidó dónde estaba. Olvidó su nariz pegada a la ventana. Olvidó. Y siguió espiándola.

—     ¿! Qué está haciendo usted!? — Una voz acusadora de mujer le sacó del limbo.

No dijo nada, ni la miró a la cara, agachó la cabeza y se fue de allí casi corriendo.

La bailarina, siguió danzando en su cabeza durante todo el camino de regreso a casa. La joven había despertado en él sentimientos que dormían tan profundamente que llegó a pensar que no le pertenecían.

A las tres de la madrugada seguía despierto. Pensaba en aquella chica, bailando feliz tras el cristal cubierto con cortinas delatoras. Paralelamente otro pensamiento iba cobrando vida. Las imágenes se deslizaban por su pequeña cabeza como una mala película de sobremesa. Recordó los años que estuvo enamorado silenciosamente. Los reproches se metieron en su cama solitaria de noventa centímetros por uno ochenta. “¿Por qué fui tan cobarde?, ¿por qué nunca le dije que la quería?”

La pequeña habitación de paredes forradas con papel floreado rebosaba silencio, roto únicamente por los latidos de su corazón agitado. Su oportunidad había pasado. Tan sólo le quedaba sentarse frente a una lápida a conversar con ella, como no lo hiciera cuando estaba viva, y dejarle unas flores una vez al año.

Harto de dar vueltas entre las sabanas —desechas ya—se levantó y fue a prepararse un vaso de leche caliente con miel y coñac. Sacó un vaso del armario que estalló contra el suelo en mil pedazos. “Mierda” Sacó otro vaso y puso dos cucharadas de miel. Mientras la leche se calentaba fue a buscar la botella de coñac que guardaba en el mueble bar. Al abrir la portezuela, el espejo interior le devolvió el rostro de un hombre abatido, con más arrugas de las que recordaba y unas profundas bolsas negras bajo los ojos. Se quedó pasmado, como cuando había espiado a la bailarina, pero esta vez no había felicidad tras el cristal. Siguió estudiándose como a un extraño hasta que el sonido de la leche hirviendo derramándose lo devolvió al presente. Cogió el coñac, cerró el mueble bar lentamente, como si aquella puerta pesara demasiado. Con la respiración entrecortada volvió a la cocina: el suelo lleno de mil pedacitos de cristal y olor a leche quemada. Se sentó a la mesa de siempre, cubierta por un hule de motivos frutales, con un vaso vacio y la botella de coñac. Mientras bebía el primer trago notó en sus mejillas el calor de unas lágrimas al caer. Su llanto fue apenas audible, pero dolía. Dolía el recuerdo de ella, el recuerdo de lo que nunca fue. Tras cada trago, más fuerte ese recuerdo y el dolor insoportable. Y así, entre lágrimas y añoranzas, se quedó dormido sobre el dibujo de una sandía plastificada.

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