A Ricardo

Domingo, nueve treinta de la mañana. Al rato de deambular por el pueblo me doy cuenta de que las calles están más desiertas que de costumbre. El bar de la esquina sigue vacio, esperando servir el primer café del día. La panadera con cara de aburrimiento tras el mostrador se alegra al verme —la primera clienta de la mañana—. Los perros tampoco han salido a pasear aún.
Levanto la vista y me encuentro cara a cara con la fachada. Las dos persianas cerradas, como nunca antes, como si hubiera cerrado los ojos, como si llorara.
Luego recuerdo que la muerte vino a buscarle la otra tarde, y por eso hoy el pueblo está de luto.

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