El balancín

Solía sentarse en el balancín de eskay rojo que había heredado de su abuela, meciéndose medio adormilada en aquel viejo balancín raído por el uso y tantos años, sentía que su abuela seguía con ella.

Lo había dispuesto solo en una habitación como protagonista, junto a una gran ventana que daba a la calle por la que se veía pasar el cableado eléctrico al que se posaba algún pajarillo despistado para cantarle. Le gustaban las tardes como aquella meciéndose y recordando, como viera hacerlo a la abuela los años en que se entremezclaron juventud y vejez.

Los recuerdos eligieron ese día llevársela al verano del ‘92 cuando creyó comerse el mundo y sin embargo, fue el mundo quien se la tragó a ella. De la mano de una curiosa inconsciencia y de ese hombre con cara de malo, a lo Javier Bardem, del que se enamoró. Él había vivido todo lo que ella había leído de la vida de Cristina F. — novela de yonkies prematuros que la impactó tanto que necesitó saber—. Se dejó llevar a ese callejón sin salida, a ese lugar donde se compartía la soledad, a los días de dolorosa ansia, a la pérdida del alma que intentó camuflar sin resultado, porque la miseria era tanta que se desparramaba por todos sus poros.yonquis

Ocurrió una noche, mientras bailaban a ritmo de Brown Sugar — en retrospectiva toda una ironía—.

– Parece que te conozco de toda la vida.

Ella sonrió llena de satisfacción, orgullosa de estar con un tío como aquel. Sentía admiración por su experiencia, su historia —aunque triste—, admiraba la desenvoltura natural para moverse entre la carroña noctámbula.

Meciéndose a salvo en la pequeña habitación con ventana seguía sin entender porqué le fascinó tanto aquel hombre sin alma, del que aprendió todo sobre el uso de la plata y las agujas. Entre visitas al baño, besos húmedos, polvos salvajes y canciones de los Rolling Stones, pasaron los días, y los meses. Y llegó la decadencia.

Siguió meciéndose en su balancín de eskay con una sonrisa de añoranza por los tiempos pasados, que desapareció con el recuerdo de sí misma subiendo las escaleras con piernas temblorosas y sin fuerzas a la habitación donde tantas veces se habían colocado. Sintió el tufo de humedad avinagrada golpearle con brusquedad los sentidos al abrir la puerta, el sudor frio empapando su frente, los escalofríos corriendo por su cuerpo arriba y abajo. Vio su pelo sucio y sin vida, los ojos hundidos enmarcados en negro.

Arriba, en el zulo, observó como revolvía los cajones llenos de nada. Yendo de un lado a otro como un animal salvaje en una jaula nueva. Miró bajo la cama, nada, entre las sábanas sucias, nada. Él tampoco estaba allí.

Salió de allí llorando — como lo hacía en su balancín— sin cerrar la puerta. Bajó casi rodando por la escalera, ya en la calle, derrumbada en el suelo gris gritó. Bastaaaaa! Gritó tan fuerte que el miedo le salió de dentro. Bastaaaaa!

Sara Petrus

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